Lo que en un momento parecía anticipar una semana llena de sorpresas en lo que México se disponía oficiar formalmente como sede del Mundial de Futbol en el 2026 terminó pronto por decantarse en una serie de eventos infortunados tanto para los ciudadanos como para el mismo Gobierno también.
En lo que compete a este último como tal, uno de los fiascos más sonados lo fue la presentación de Olinia, vehículo que se venía presumiendo desde el poder en turno no solo como el primer gran automóvil cien por ciento mexicano y eléctrico sino también como la solución a mucha de la problemática ambiental por lo que respecta al consumo de combustible que ya ronda casi los 30 pesos por litro—de parte de los mismos que lo venían prometiendo a 10 pesos desde el sexenio pasado—y como auxilio incluso para la cada día más devaluada economía familiar en el país.
Sin embargo, las disparidades empezaron a evidenciarse desde el momento mismo en el que la presidente junto con el encargado oficial de dicho proyecto tuvieron que reconvenir que muy lejos del precio inicial estimado para su venta al público, que rondaría los 55,000 pesos mexicanos este llegaría a dispararse hasta costar 155,000 pesos; esto es, prácticamente 3 veces más que lo que se anunciaba con furor como costo al público y con una estimación aproximada de 473 días íntegros de salario mínimo, sin gasto alguno, para que un trabajador promedio pudiera siquiera pensar en poderlo adquirir.
Aún y cuando fue formalmente presentado en las homilías mañaneras como el mini auto eléctrico mexicano y gran logro del actual por el Gobierno federal, lo que se pretendía festejar volvió a quedar nuevamente bajo la lupa luego de que una breve investigación periodística demostró no solo los vínculos técnicos en cuanto a componentes y refacciones del proyecto con empresas chinas dedicadas a la fabricación de mini vehículos eléctricos y triciclos de batería en vez de lo que se pretendió presumir como desarrollo propio de tecnología nacional y componentes del país.
Pero el escandalo no paro aquí pues no pasaron más de 30 minutos después de que la presidente entró manejando el Olinia al hangar de Santa Lucía en medio de los aplausos y la ovación de sus propios funcionarios públicos cuando una breve búsqueda en internet logró encontrar el mismo vehículo con otro nombre en la plataforma de artículos de Alibaba.
Gracias a las pesquisas de varios usuarios en internet se logró el identificar al menos más de dos automóviles eléctricos chinos con un parecido idéntico al Olinia , y a tal grado que la comparación se volvió tendencia y broma en redes sociales desde entonces; y más una vez que se hizo público—además de las fotografías con las mismas especificaciones—que estos micro vehículos equiparables a un carrito de golf o capricho infantil en China se consiguen por mayoreo entre la cantidad de 35 mil y 50 mil pesos mexicanos.
Lo anterior sin duda nos refrenda que es lo que pasa cuando el Estado en México, o en cualquier otro país, pretende jugar convertirse en empresario; ocupando funciones que no le corresponden y haciéndose presente donde no debería siquiera intervenir ni aparecer.
Sin embargo, donde el Estado representado por el titular del Poder Ejecutivo o en la persona de un Gobernante si debería de aparecer es cuando al país le toca convertirse en sede de algún evento de alcance internacional como lo es la inauguración del Mundial de Futbol México 2026.
En este caso, la ausencia de Claudia Sheinbaum en el evento de apertura con su palco vacío ante la vista de los asistentes—en lo que sería la presentación preliminar al juego entre México y Sudáfrica—no admite excusa, pues la naturaleza misma del evento obligaba a su presencia por encima del temor a enfrentarse a la rechifla pública en el Estadio o a los cuestionamientos y protestas de las madres buscadoras a quienes se desplegó un enorme contingente de la fuerza pública capitalina en aras de acallar o encapsular (sin éxito) su manifestación legítima ante los ojos del mundo.



