Las recientes oleadas de bombardeos estadounidenses e israelíes en Teherán y Beirut, sumadas a las respuestas con misiles y drones por parte de Irán, están generando una amenaza invisible que trasciende la destrucción de edificios: la dispersión masiva de residuos tóxicos en el aire de ciudades densamente pobladas.
Expertos en ingeniería química y ambiental advierten que los riesgos para la salud provienen de múltiples fuentes, incluyendo los metales pesados presentes en las municiones y los materiales que se vaporizan al momento de las explosiones.
Lluvia aceitosa y nubes negras en Teherán
Los ataques militares dirigidos a instalaciones críticas como refinerías de petróleo, arsenales de misiles e instalaciones nucleares han tenido consecuencias inmediatas para la población. En Teherán, el incendio de un depósito de petróleo provocó la formación de nubes negras tóxicas y una “lluvia aceitosa” que cubrió edificios, vehículos y personas. Los residentes de la zona ya reportan síntomas alarmantes como:
- Dolores de cabeza intensos.
- Dificultad para respirar.
El peligro de las partículas invisibles
El análisis técnico señala que el mayor daño proviene de las partículas menores de 2.5 micrómetros, conocidas como PM2.5. Estas son especialmente peligrosas porque logran penetrar profundamente en el sistema respiratorio, dañando los pulmones y agravando problemas cardiovasculares, lo que contribuye a la aparición de infartos.
Además, el derrumbe de estructuras libera una mezcla letal de:
- Hormigón triturado y yeso.
- Amianto: Un material fibroso altamente cancerígeno.
- Metales y bifenilos policlorados.
Del 11S a los incendios de Los Ángeles
La comunidad científica establece paralelismos con desastres previos para entender la magnitud del riesgo actual. Al igual que tras los ataques al World Trade Center en 2001, donde los rescatistas desarrollaron problemas respiratorios crónicos, quienes hoy buscan sobrevivientes entre los escombros de edificios bombardeados enfrentan peligros similares a largo plazo.
Incluso después de que el polvo inicial se asienta, el viento o las labores de limpieza pueden volver a dispersar estos materiales. Estudios sobre los incendios de enero de 2025 en Los Ángeles ya demostraron cómo contaminantes como el plomo, una vez depositados en el suelo, vuelven a elevarse al aire para ser inhalados nuevamente por la población, creando un ciclo de exposición prolongado.
Con información de Armin Sorooshian / The Conversation






