Tras 17 años de ausencia en los escenarios mexicanos, el rapero estadounidense Kanye West, ahora conocido legalmente como Ye, regresó para ofrecer una noche minimalista pero cargada de simbolismo en la Monumental Plaza de Toros México. Ante un recinto abarrotado por 40 mil personas, el artista no solo repasó su legado, sino que cedió el testigo a la siguiente generación: su hija North West.
Un escenario lunar en la Plaza México
A diferencia de las producciones monumentales de otros artistas, West apostó por la sobriedad. El ruedo de la Plaza se transformó en un suelo lunar de 1,452 metros cuadrados, completamente blanco y bañado por proyecciones cenitales. Sin columnas de luces ni estructuras aparatosas, Ye demostró que su sola presencia bastaba para llenar el histórico recinto al ritmo de “Heartless” y “Can’t Tell Me Nothing”.
North West: El debut de una nueva estrella
El momento cumbre de la noche ocurrió a los 50 minutos del show, cuando North West apareció en el escenario. Con una cabellera verde agua y un estilo único, “Miss Westie” acompañó a su padre en temas como “Only One” y “Carnival”.
Sin embargo, la gran sorpresa fue el estreno mundial de su canción “Piercing on my hand”, marcando oficialmente su debut profesional en la industria musical bajo la mirada orgullosa de su padre y el rugido de la CDMX.
“Bully”: El nuevo capítulo de Ye
Kanye aprovechó la euforia para presentar adelantos de su próxima producción discográfica, “Bully”. Temas como “Preacher Man” y “Beauty and the Beast” resonaron en el ruedo. Uno de los momentos más esperados fue “Last Breath”, su colaboración con el mexicano Peso Pluma; aunque el “Doble P” no apareció físicamente en el escenario como se rumoraba, la canción fue de las más coreadas por el público local.
El concierto, que duró dos horas y media, cerró con un recorrido por clásicos como “Stronger”, “All of the Lights” y “Runaway”, consolidando a la Plaza México como el epicentro de uno de los eventos más disruptivos del 2026.






