No sabe con quién se metió

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido ofensivo y displicente con padres de los niños con cáncer; familiares de víctimas de feminicidios, homicidios y desapariciones; funcionarios de órganos autónomos como el INAI, el INE o el Tribunal Electoral. También con médicos, ingenieros, abogados, organizaciones de la sociedad civil, personas de la clase media y periodistas. Por supuesto con empresas y jueces, artistas y ambientalistas. No se han escapado de las groserías presidenciales la ONU y la UNAM.

El mandatario mexicano siente que es poseedor de la verdad y en lugar de fomentar la unión, ha dejado a su paso una estela de división y odio en el país. Sabe que podía seguir haciendo escarnio de distintas personas e instituciones porque no pasaba nada. Hasta ahora.

El Ejecutivo hizo un mal calculo y atacó en un solo día a sacerdotes católicos y a la comunidad judía.

Después de la muerte de dos padres jesuitas, la iglesia católica subió el tono de sus quejas señalando, entre otras cosas, que “ya no les alcanzan los abrazos de tantos balazos” además de exigir que se pusiera una estrategia de seguridad capaz de detener la violencia en el país. Por su parte la comunidad judía crítico el uso ignorante que hizo el presidente del término “hitleriano” para referirse a Carlos Alazraki.

López Obrador no se quedó callado. A los sacerdotes les dijo: “Y esas expresiones, que ya no nos alcanzan los abrazos, ¿qué quieren entonces los sacerdotes, que resolvamos los problemas con violencia? ¿Vamos a desaparecer a todos? ¿Vamos a apostar por la guerra? ¿Por qué no actuaron cuando Calderón de esa manera? ¿Por qué callaron cuando se ordenaban las masacres, cuando se puso en práctica el ‘mátalos en caliente’; cuando se decía a los altos mandos del Ejército: ‘ustedes hagan su trabajo y nosotros nos encargamos de los derechos humanos’? ¿Por qué esa hipocresía? Eso no se le puede permitir a nadie y mucho menos a un religioso”.

Por su parte, a la comunidad judía les dijo: “Muchos de la comunidad judía, gente buena, pero eso no quiere decir que toda la comunidad tenga una especie de patente de corso para poder dañar un movimiento de transformación, nada más por sus ideales, sus pensamientos, su conservadurismo y, repito, su hitlerismo”.

El presidente no está midiendo la fuerza de la iglesia católica que está en todos los rincones del país, que tiene influencia en todas las comunidades y que es capaz de movilizar a la gente. Por ello, no sorprende que la respuesta hacia sus ofensas no haya tardado en llegar. El sábado en Cuernavaca se organizó una marcha por la Paz. Ahí, el Obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, le mandó un recadito al morenista: “La estrategia de abrazos, no balazos, es demagogia y hasta cierto punto complicidad”. 

¿Será que en esta ocasión el presidente sí se puso con alguien de su tamaño y verá las consecuencias de su bravuconería?

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