Justo al año de que comenzaba su sexenio, cuando el número de muertos por el crimen organizado y desaparecidos empezaba a rebasar los asesinados y desaparecidos durante el gobierno de Peña Nieto y de Felipe Calderón juntos, el presidente de la República mostraba en sus homilías mañaneras las gráficas y notas que trataban sobre la violencia desatada en el país no solo con indiferencia sino con una sonrisa cínica a la que no tuvo empacho en rematar con una frase burlona que trascendió porque todos la vimos y escuchamos salir de su propia boca: “Ahí están las masacres, je, je, je”.
Lo que en cualquier lugar del mundo, en cualquier otro sexenio habría sido motivo de vergüenza nacional, internacional y pavor, aquí pasó desapercibido para las mascotas del presidente quien, corrompiendo incluso una frase del Libertador Agustín de Iturbide durante su campaña por la Independencia de México—“Abrazos, no balazos”—ha hecho uso de la misma: no por una causa justa, ni para evitar el encono ideológico entre mexicanos o impedir un estéril derramamiento de sangre entre hermanos, sino como pasaporte de impunidad para el crimen organizado.
Los resultados de lo anterior han sido históricamente más que visibles dentro y fuera del país: según informes del Departamento de Estado estadounidense a finales del año pasado, el crimen organizado se hizo dueño del 35% del territorio nacional en lo que va de este sexenio. Algo previsible desde que López ordenó, tras su captura, la liberación de Ovidio Guzmán, hijo del “Chapo” Guzmán y cabeza del Cártel de Sinaloa.
Lo anterior fue un acto de autohumillación pavoroso—más que su visita y comida con la madre del narcotraficante—pero además constituyó un delito público de gravedad, dado que la Constitución penaliza con 20 años de cárcel e inhabilitación para desempeñar puestos públicos a quien ayude a quien libere o ayude a huir a un delincuente.
Pero lo peor ocurrió durante la última mañanera donde López, al cuestionarle sobre un video donde narcotraficantes amenazan a la Marina y otro donde ponen en fuga a las Fuerzas Armadas, respondió que él protege a las bandas criminales porque “también son seres humanos”: razón de sobra para que en cualquier país civilizado el presidente presentara su renuncia o fuera destituido y procesado por incapacidad mental y moral para gobernar la vida de millones de ciudadanos.





