Zacatecas vive uno de los periodos de más violencia. Tan sólo este fin de semana se reportaron 16 homicidios, lo que ubicó a la entidad en el quinto lugar de los estados con más homicidios durante el fin de semana, sólo por debajo de Guanajuato, Michoacán, Jalisco, y Estado de México
Según relatan testigos, el mes pasado, unos 200 hombres armados, según un testigo, saquearon una gasolinera y cuando otros tantos pistoleros de un grupo contrarios a emboscarles, la balacera duró horas, lo cual hacía presagiar lo peor.
Las autoridades tardaron un día en llegar y levantaron 18 cadáveres en San Juan Capistrano, una pequeña comunidad del municipio de Valparaíso, en Zacatecas, un estado del centro-norte de México, estratégico para el trasiego de drogas y armas, ahora disputado por los dos cárteles más poderosos del país: el de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
El enfrentamiento del 24 de junio puso a Zacatecas ante los reflectores del país, aunque un mes después no hay claridad sobre el número de muertos. Tampoco hay detenidos.
Las fuerzas armadas reforzaron su presencia, pero continúan las balaceras y los muertos por todo el estado: un médico aquí, un policía allá, una familia descuartizada, ocho asesinados en una fiesta, dos niñas baleadas con sus padres.
Zacatecas es ahora el estado con mayor tasa de homicidios por 100.000 habitantes, según cifras oficiales. En lo que va del año hubo 746 asesinatos frente a los 1.065 de todo 2020.
Al oeste de Zacatecas se localizan los laboratorios de drogas sintéticas, dice Óscar Santiago Quintos, titular del departamento de análisis e inteligencia de la Fiscalía federal mexicana. Al norte, en la frontera sur de Estados Unidos, los consumidores.
“La batalla de Zacatecas es parte de una guerra más grande para dominar el mercado del fentanilo, que es el mayor generador de dinero para los cárteles en Estados Unidos”, asegura Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la agencia antidrogas estadounidense, la DEA. “Si un cártel es capaz de controlar todo el mercado de fentanilo, su poder será imparable”.
Para Arturo López Bazán, secretario de Seguridad de Zacatecas, el estado también es una importante ruta de tráfico de armas desde el norte. Recientemente, señala, han decomisado incluso armamento antiaéreo.
En los ranchos y comunidades de Valparaíso, pueden no dimensionar todo lo que está en juego en sus tierras, pero sienten su impacto. Balaceras que retumban entre cerros; ranchos a veces impenetrables hasta para dar de comer al ganado; carreteras en las que el miedo impide tanto la llegada de servicios y médicos como de camiones que abastezcan las tiendas.
La violencia no es nueva en Zacatecas. Aquí, los Zetas, el Cártel del Golfo y las múltiples escisiones de ambos ensangrentaron el estado desde hace más de una década. Pero durante años la mirada del mundo estuvo puesta en la frontera con Estados Unidos, en ciudades como Tijuana o Juárez, donde había ejecuciones a diario.
López Obrador reconoció este mes que la violencia sigue siendo una asignatura pendiente. “Si no terminamos de pacificar a México, por más que se haya hecho, no vamos a poder acreditar históricamente a nuestro gobierno”.
De vuelta en San Juan Capistrano, la gente intenta recuperar cierta normalidad. Bajo la atenta mirada de las fuerzas armadas se ha reanudado la vacunación contra COVID-19 o el pago de pensiones, pero todos temen el día en que los militares se vayan.
Un residente de la misma zona tiene otras esperanzas para que llegue un poco de paz: que uno de los dos cárteles gane pronto.
Con información de AP y Gobierno de México






