Uno de los festejos oficiales que suele congregar a mayor número de mexicanos en nuestro país y el extranjero es el “Día del grito”, que inicia la noche del 15 de septiembre, cuando el titular del Poder Ejecutivo en turno se asoma desde el balcón principal del Palacio Nacional y hace tañer la campana de Dolores que se supone hizo sonar el cura Hidalgo por órdenes de su jefe el Generalísimo Ignacio Allende, aunque se sabe que fue José Galván (oriundo de Chalchihuites, Zacatecas), campanero de aquella parroquia quien lo hizo a las 5 de la madrugada del 16 de septiembre de 1810.
No obstante, desde que un anciano Porfirio Díaz como Presidente tuvo la idea de hacer de su cumpleaños el cumpleaños de la Patria—ante la certeza de que no le alcanzaría celebrar el verdadero Centenario en 1921—se ha continuado la costumbre de conmemorar cada 15 como si se tratara del día de nuestra Independencia.
Sin embargo, esto no siempre fue así. Hasta cercana la década de 1830 los distintos gobiernos solían celebrar el 16 con una arenga cívica que culminaba en la celebración militar y religiosa del 27 de Septiembre dirigida por una Junta Patriótica en cada pueblo en que se recordaba la entrada triunfal y pacífica del Ejército Imperial de las Tres Garantías en el año de 1821.
Después de la primer insurrección fallida de 1810 comenzó a festejarse el “Grito”, y solo por los insurgentes. De hecho, se conserva registro que la primera vez que se conmemoró fue el 16 de septiembre de 1812 en Huichapan (Hidalgo) por Ignacio López Rayón, según documentara en su Diario de operaciones militares, donde se lee: “Día 16.- Con una descarga de artillería y vuelta general de esquilas, comienza a solemnizarse en el alba de este día el glorioso recuerdo del grito de libertad dado hace dos años en la Congregación de Dolores, por los ilustres héroes y señores serenísimos Hidalgo y Allende…”.
Por tanto, ante la pregunta correspondiente a que sucedió un 15 de Septiembre de 1810, la respuesta es nada: México permaneció como Virreinato del Imperio Español en su etapa decadente y será hasta el 27 de Septiembre de 1821 que el Libertador Agustín de Iturbide—reconocido por todos desde el siglo XIX hasta la llegada de Álvaro Obregón al poder—hará de México una nación soberana dotándola de nombre, bandera, división de poderes, sistema constitucional y su extensión más grande, sin derramamiento de sangre.
De aquí que celebrar una insurrección fallida es tan absurdo como festejar el cumpleaños tomando por fecha la de la luna de miel y no el día del nacimiento. Y esta situación no puede menos que comprenderse más allá del capricho de la clase política gobernante, más no desde la Historia que como ciencia busca la verdad a partir de la evidencia.


