Fueron unos Juegos muy raros y enmarañados. Y, al mismo tiempo, un producto estéril. Vigilados, la única manera que la China de Xi Jinping podría organizarlos. Así llegaron a su fin los Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing.
La “burbuja” que mantuvo apartados a sus participantes del resto de la ciudad anfitriona y por extensión al resto del mundo que observaba.
Xi y el presidente del Comité Olímpico Internacional Thomas Bach entregaron la estafeta a Milán-Cortina, la sede de los Juegos de Invierno 2026.
“Estrellita ¿dónde estás?” -la canción infantil- puso en marcha un espectáculo que mezcló un marcado aire occidental con elementos chinos, como bailarines en forma de copos de nieve y tradicionales faroles. La ceremonia estuvo dirigida por Zhang Yimou, quien también se encargó de la apertura.
A diferencia de la primera cita pandémica en Tokio el pasado verano boreal, que se escenificó casi sin público en ambas ceremonias, una modesta pero ruidosa cantidad de espectadores se dispersó por las butacas del “Nido”, el Estadio Olímpico de Beijing. Fue algo medio incongruente, una gala colorida y vibrante, incluso alegre, características que difícilmente se pudieron palpar dentro de la burbuja china.
A decir de los datos fríos, estos Juegos fueron todo un éxito. Fueron, en realidad, muy seguros — obviamente bajo los lineamientos en los que los gobiernos autoritarios operan a gusto.
Los voluntarios locales, como suele ser, fueron cautivadores y muy colaboradores, recibiendo elogios en la clausura.
Los índices de teleaudiencia siguieron a la baja, pero los números de streaming aumentaron.
Con información de AP





