A diferencia de otros líderes mundiales, la presidenta Sheinbaum ha recibido un trato moderado por parte del presidente Trump. Si se compara con las confrontaciones públicas que ha tenido con líderes como Volodímir Zelenski, Justin Trudeau o incluso Benjamín Netanyahu, la relación con México ha transitado por causes menos agresivos.
Pero las formas no deben confundirse con el fondo. La principal preocupación de Washington ya no es comercial ni migratoria. Se refiere a la seguridad y es la seguridad hemisférica, es la seguridad fronteriza. Desde la óptica estadounidense, México enfrenta un problema de gran magnitud: la expansión del narcotráfico y la capacidad de las organizaciones criminales para influir en el Gobierno.
Para la administración Trump, el tráfico de fentanilo ha dejado de ser un asunto únicamente de delincuencia organizada para trasladarse a una amenaza estratégica que incluso se vincula con el terrorismo. La respuesta involucra prácticamente a todo el aparato de seguridad norteamericano; participan agencias de inteligencia, fuerzas militares, autoridades judiciales y todo organismo especializado en el combate al narcotráfico y al terrorismo.
Aumentan los operativos de seguridad conjuntos entre México y EU
La cooperación entre ambos países se ha intensificado y las operaciones de vigilancia e inteligencia son cada vez más amplias. El tema más delicado llega ahora al terreno judicial. Las autoridades estadounidenses han optado por utilizar mecanismos legales y concertados para investigar y procesar a funcionarios presuntamente vinculados con organizaciones criminales. Según esta perspectiva, las solicitudes de detención, y eventualmente extradición, no forman parte de una estrategia política, sino de procedimientos respaldados por la ley y por acuerdos vigentes entre ambos países.
El problema surge cuando una controversia legal recibe una respuesta política. La negativa a colaborar o el incumplimiento de compromisos internacionales podría provocar una escalada en las tensiones entre ambos gobiernos, y las consecuencias no serán solamente judiciales, podrían alcanzar a la economía, la estabilidad política y la relación bilateral en su conjunto.
La pregunta ya no es si habrá presión de Estados Unidos, la verdadera interrogante es: ¿qué ocurrirá si Washington concluye que México no está dispuesto a cumplir con los compromisos que ambos países han suscrito?, porque el trato hasta ahora ha sido comedido, pero la paciencia en política internacional rara vez es infinita y mucho menos con un presidente mercurial como Donald Trump.




